Brooklyn: Correcta, entrañable, olvidable

John Crowley vuelve a dejar caer el peso de su barco en una mujer fuerte y ahora es el turno de Saoirse Ronan, la niña de los ojos de Hollywood; no porque la susodicha sea muy querida (que también) sino porque lo cierto es que la no-tan-pequeña Saoirse, hace honor al título de ojazos de Hollywood con todas las de la ley.

Irlanda, años 50. Eilis Lacey (Ronan) es una joven de clase media que decide abandonar el cómodo nido en el que se asienta su familia monoparental para embarcarse rumbo al sueño americano. Una decisión que pasará por dejar atrás a una madre y a una hermana cuya figura es más materna que la propia madre, con la única promesa de una casa en Brooklyn, un trabajo en unos grandes almacenes y la posibilidad de construir una vida propia que, aunque llena de dudas, nostalgia e inseguridad al principio, pronto empieza a tornarse menos agria. Eilis, bajo este nuevo entorno que invita al descubrimiento personal, pronto despertará de su letargo de niña mojigata y conocerá a Tony Fiorello, ese gran (olvidado) personaje (Emory Cohen) que la hará despertar. Tony es un italiano afincado en Nueva York, cuya mirada destila pureza, serenidad y sinceridad en kilómetros a la redonda, un italiano ¡que no se engalana para ir a ver a su chica! Un italiano que la lleva a cenar al mejor restaurante que conoce: el de su casa.

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Y es, curiosamente, alrededor de una mesa donde suceden algunas de las mejores escenas que nos da Brooklyn, pues es allí donde encontramos conversaciones de la protagonista con los personajes más interesantes de la película (la casera de Eilis –una absolutamente maravillosa Julie Walters-, la hermana de Eilis, el excesivamente sincero hermano pequeño de Tony). Además es donde, por encima de todo lo demás, gravitan y se exponen todos los dilemas morales que afectan o recaen de alguna manera sobre la vida de Eilis: el amor, los estudios, la religión, la ética, la moral y la vergüenza al qué dirán. En esta espiral de preguntas sin respuesta a la que todos estamos expuestos en cierta etapa de nuestras vidas se mueve Brooklyn. Y lo hace con elegantes movimientos de cámara, con un buscadísimo contraste entre pueblo y ciudad, entre austeridad y bonanza, todo aderezado con una encomiable labor de vestuario que no sólo aúna el gen diferenciador Irlanda-América, sino que además construye el personaje de Eilis de principio a fin, desde su más tierna adolescencia hasta su refinada y elegante conversión a la etapa adulta.

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Destacable es que la historia de Eilis, y de Brooklyn al fin al cabo, remarque un hecho bastante atípico para una jovencita que acaba de aterrizar, con una mano delante y otra detrás, en un nuevo continente. Y es que Eilis, lejos de lo que cabría esperar, vive en una buena pensión, come y cena cada día y tiene un trabajo que le permite darse algún que otro capricho. Es de agradecer, sin duda, que no veamos recalcado de nuevo el cliché de turno de las películas de inmigrantes. Cliché que, además, no habría hecho ningún favor a una historia cuyo guión fluye aceptablemente bien y que, además de ser un entrañable viaje de conocimiento personal, de superación y de la toma de decisiones vitales, es una bonita y entrañable historia de amor al más puro estilo del cine clásico, con sus largos paseos a la luz de la luna y las profundas miradas entre los enamorados Saoirse Ronan y Emory Cohen, ambos sobresalientes en sus papeles y en cuyos genuinos gestos se recrea constantemente Crowley en su dirección.

Lo cierto es que a Brooklyn no hay nada que reprocharle y posiblemente sea una de las películas más correctas de las nominadas a los Oscar en esta edición: cuenta con una fotografía cuidada, unas interpretaciones sobradas, un guión aceptable… Y, sin embargo, se nos antoja como una de esas pequeñas películas que gustan, pero que se olvidan irremediablemente a los tres meses. Todo en ella supura aroma a otras películas, una condensación de dos horas de varias cintas que hemos visto ya cientos de veces, eso sumado a que la terrible previsibilidad de su guión no ayuda en nada.

El esquematismo, el exceso de perfección y la falta de riesgo de Crowley pasan terrible factura, convirtiendo al filme en una bella historia que pierde el alma casi antes de comenzar. Una historia perfecta en manufactura y realmente entrañable… que nadie recordará. Pocas cosas peores le pueden ocurrir a una película.

Crítica de: Beatriz Muyo
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