Cien años de perdón: Cien minutos perdidos

‘Cien años de perdón’, la nueva película de Daniel Calparsoro, director de thrillers como ‘Combustión’ o ‘Invasor’ narra la historia de un asalto a un banco en Valencia por parte de un grupo de atracadores liderado por El Uruguayo. Lo que en un principio parecía un robo fácil y controlado, pronto se complica provocando un cambio de planes que provocará tensiones entre los miembros de la banda.

El reparto está lleno de caras conocidas como Luis Tosar, Raúl Arévalo, José Coronado o Marian Álvarez.  Sin embargo, es alarmante ver como ninguno de ellos llega a destacar en una película en la que se podría sacar bastante partido de las interpretaciones. Desgraciadamente, uno de los pilares fundamentales de una película son los actores, y si estos fallan, es muy difícil (por no decir imposible) que nada pueda salvarse. No quiero decir que todos estén mal, simplemente no existe ningún tipo de armonía entre ellos. A destacar un Raúl Arévalo que está desubicado y muy probablemente ofrezca el peor papel de su carrera. El principal problema es que no parece que todos los actores estén en la misma película. Esto se debe a la caótica dirección de Calparsoro, que claramente se centra en la parte más técnica y en intentar sorprender con una planificación y una puesta en escena que imita al estilo de Hollywood. Pero es que tampoco en eso consigue estar a la altura (nada más lejos de la realidad).

‘Cien años de perdón’ continuamente da la sensación de que quiere ser mucho más de lo que llega a ser. Quiere principalmente entretener y, por lo menos en mi caso, tampoco lo consigue, y eso en una película como esta es una de las peores cosas que puedo decir. Dura aproximadamente hora y media y a los veinte minutos yo ya he perdido el interés. También intenta ser frenética y termina siendo demasiado acartonada. La historia en sí no es precisamente fascinante ni un monumento a la originalidad, pero sí se podría haber intentado contarla de una forma en la que los personajes y las situaciones no sean tan planas, en la que todo no estuviera ya visto mil veces. Los diálogos no ayudan a mantener ni la tensión ni el interés, son completamente obvios y alguno incluso provoca risa de forma involuntaria.  De esta manera todo está al servicio de un guion previsible, que no solo no arriesga nada sino que falla estrepitosamente en la mayoría de sus aspectos.

Es difícil decir algo bueno de esta película, pues es la mediocridad lo que le hace ser tan insustancial como (menos mal) inofensiva. No molesta verla, entiendo que tendrá su público y los espectadores poco exigentes incluso pasarán un buen rato. Personalmente yo busco algo más allá en las películas, aunque su pretensión sea el mero entretenimiento, como es el caso. No todo vale.

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