Mayo de 1940: Las balas también llegan al campo

La II Guerra Mundial es sin duda uno de los temas más recurrentes en la historia del cine. La complejidad y repercusión del acontecimiento dan lugar a diferentes maneras de abordar el conflicto, siendo las más populares el cine puramente bélico, la inhumanidad de los campos de concentración o la represión que inundó prácticamente todos los países implicados en el enfrentamiento. En esta línea tenemos películas de culto como El Puente Sobre el Río Kwai, Salvar al Soldado Ryan, La Lista de Schindler, El Pianista o La Vida es Bella. No obstante, también han proliferado películas que abordan el tema desde un punto de vista alternativo (Malditos Bastardos, El Gran Dictador) o que se centran en historias paralelas al conflicto pero ocurridas en lugares ajenos a la barbarie europea (El Paciente Inglés, Casablanca). Sin embargo, en algunas ocasiones encontramos cintas que nos ofrecen una visión diferente del conflicto dentro de la propia Europa, y este es el caso de Mayo de 1940.

El director francés Christian Carion vuelve a ponerse tras las cámaras en su cuarto largometraje para atreverse con una historia ambientada en la II Guerra Mundial. El cineasta francés no solo es responsable de la dirección, sino también del guión, al igual que ya hiciera en la aclamada Feliz Navidad y en su ópera prima La Chica de París. La película se inicia con Hans (August Diehl) y su hijo Max (Joshio Marlon) en la Alemania de 1939. Se ven obligados a huir de la misma ya que Hans es un opositor del régimen, y escogen Francia como destino, haciéndose pasar por belgas. Se refugian en un pequeño pueblo donde trabajarán el campo, al frente del cual está Paul (Olivier Gourmet), un alcalde bonachón que se preocupa por el bienestar de su pequeña localidad y sus gentes. Acompañando a Paul está su mujer, Mado (Mathilde Seigner), que es la dueña del café del pueblo, y Suzanne (Alice Isaaz), la maestra del mismo. También tendrá un papel preponderante entre los habitantes del pueblo Roger (Jacqués Bonaffé), un personaje qué, según el propio Carion, le apetecía incluir porque siempre estaba presente en los pueblos franceses el típico rezongón que constantemente dice “no” a todo. Sin embargo, el duro éxodo que llevarán a cabo le hará desprenderse de esa intransigencia. Laurent Gerra encarnará al personaje más simpático de este pequeño pueblo: Albert, el dueño de la bodega, inspirado, dice Carion, en un vecino de su madre, dueño también de la bodega de su pueblo, para el que abandonar sus vinos era más duro que morir a manos de los alemanes. Además, en el camino de Hans se cruzará Percy (Matthew Rhys), un soldado escocés. Es un personaje que nace de la admiración del director por los soldados ingleses que acudieron en auxilio de Francia, de ahí que sea carismático y valiente.

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El periplo paralelo de Hans y de Paul y sus aldeanos intentando sobrevivir al infierno bélico crea un sorprendente retrato de lo que fue la guerra más allá de las ciudades y los campos de concentración, escenarios habituales de Hollywood para mostrarnos este terrible conflicto (véanse los ejemplos que he citado previamente). Pocas son las películas que intentan transmitirnos como se vivió semejante acontecimiento desde el mundo rural. Por citar alguna, tenemos El Secreto de Santa Victoria, rodada en 1969 con Stanley Kramer tras las cámaras y Anthony Quinn al frente del reparto. Narra la historia de un pequeño pueblo al Norte de Italia que sufre la ocupación de las tropas alemanas. Además, tiende un puente con nuestra película y en concreto con el personaje de Albert, ya que uno de los principales objetivos de los oriundos es evitar que los alemanes se hagan con el vino de sus bodegas. Si nos movemos un poco hacia la modernidad, encontramos Suite Francesa, ambientada también en un pequeño pueblo galo pero con un enfoque que difiere mucho del de Carion.

El guión por tanto parte de una idea original: el crear ese cuadro de lo que fue la guerra también para los habitantes del campo. Además, la historia está bien contada, tiene buen ritmo, y el guión se mantiene sólido durante prácticamente todo el metraje. Al igual que ocurrió en Feliz Navidad, Carion intenta mantenerse alejado de los sentimentalismos huecos, generando aun así escenas desgarradoras que consiguen conmover, sin dilatar el drama hasta convertirlo casi en caricatura, como por desgracia nos hemos visto obligados a sufrir en numerosas ocasiones.

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 Mención especial merecen desde mi punto de vista las secuencias del oficial nazi Arriflex (Thomas Schmauser), que va filmando escenas de la toma de las ciudades o del éxodo francés para elaborar después propaganda con ello. Son escenas muy duras, que reflejan a la perfección el menosprecio y desdén por la vida y la dignidad humana. Si hubiera que poner un pero quizá lo encontraríamos en el final de la película, que podría ser demasiado vivieron felices y comieron perdices. No obstante, después de una cinta dura, los directores optan por fabricar un final feliz que deje a los espectadores con un buen sabor de boca, y en este caso, Carion no iba a ser la excepción.

El reparto está compuesto por un elenco de actores que suelen prodigarse en el cine francés y alemán, a excepción de Matthew Rhys, habitual del cine de habla inglesa, con una filmografía más célebre, apareciendo en películas como Match Point o Notting Hill. Cuán grande fue mi sorpresa cuando me encontré al malvado oficial nazi del bar de Malditos Bastardos actuando en un rol totalmente opuesto, caracterizado como un opositor del régimen. August Diehl está totalmente consagrado al cine alemán y en menor medida al francés y austriaco. Tan solo le hemos visto pisar una producción americana para rodar el citado film de Quentin Tarantino y también para acompañar a Angelina Jolie en Salt. En esta cinta adopta sin tapujos el rol de protagonista, ofreciéndonos una interpretación esmerada, cumpliendo a la perfección su cometido de transmitir la desolación por la pérdida de un hijo. En cuanto al resto del reparto, funciona a la perfección en pantalla. Isaaz y Marlon reflejan con gran acierto el vínculo que acaba formándose entre ellos, al igual que el resto de habitantes del pueblo, que lo que realmente quieren transmitirnos es que son una gran familia en la que todos se preocupan por todos, haya o no lazos de consanguinidad. Y lo consiguen.

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La música corre a cargo de Ennio Morricone, y creo que con esto ya está todo dicho. El genio italiano le granjeó al film la única nominación que consiguió a los Premios César, y una vez allí se vio derrotado por la composición de Warren Ellis para la sorpresiva Mustang. En cualquier caso la banda sonora es, una vez más, una delicia. Sabe adaptarse perfectamente a las circunstancias de la película, acompañando los momentos de soledad de Hans con un sonido más lento y contundente, o regalándonos un sonido más dulce en las escenas que muestran el avance de la caravana, y que nos retrotrae a esos compases que dieron vida a Cinema Paradiso o La Misión.

En definitiva, si son amantes del cine histórico y quieren conocer la II Guerra Mundial desde un enfoque diferente, pero de una gran dureza y crueldad también, no se pierdan esta película, llevada por un guión correcto y por unas actuaciones acertadas, todo ello guiado por la batuta de Morricone.

Mi Nota: 7/10

 

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